CUENTO DEL MINOTAURO Y LA ESTRELLA

Era que ha mucho tiempo, en la pradera del Unicornio, cayó del cielo nuevo una estrella como cometa; genios, gnomos y duendes se acercaron a ella; era brillante y pequeña, con cinco puntas y una estela. La pregunta inevitable la realizó el profeta: “Qué te trae por estos lares a la tierra de la magia, mi pequeña”. La es­trella, consternada, dijo haber perdido su fuerza, cayendo al alba en la tierra que hoy enfrenta. El profeta dijo tener la respuesta: “Si al cielo nuevo quieres volver, deberás resolver el reto enfren­tándote al misterio. Irás a la cueva del Minotauro, a encontrar la respuesta. Ten cuidado, es truquero, te pondrá en duda si regre­sar tú quisieras”. Y la estrella, que quería volver a brillar eterna, emprendió pronta el viaje, ya que perdía su fuerza. La acompa­ñaron dos hadas y el guardián del arco iris, Indicándole el cami­no hasta llegar a la cueva. “Ésta es la entrada”. Temblando le proclamaron y. dejándola a su suerte, la estrella se preguntaba: “¿Entraré a este misterio o me quedo en esta tierra?” E, indecisa y sin fuerzas, sentóse al lado de una piedra. La piedra, una es­meralda transparente como el agua, díjole al verla sentada: “¿Tú también estás en duda?” Y la sorpresa de la estrella se hizo ver en sus palabras: “¿Qué tú eres, qué es lo que haces, por qué tú sabes mi duda?” “Yo era también una estrella, mas esperéme tanto tiempo que la decisión de entrar me llegara, que ahora pri­sionera me encuentro, sin poder regresar al cosmos con mis her­manas.

La estrella comprendió y, tomando fuerza de la ilusión de ser y estar donde quiera, corrió hacia la entrada, deteniéndose en la puerta. Un viento frío salía de la cueva, murmurando en sus no­tas: “Peligro, el Minotauro te espera”. La estrella temblaba y, queriendo regresar, miró al cielo y a la piedra; un nuevo Impulso sintió y con paso adelante, resuelta, entró donde pocos se en­frentan. La cueva era rara, con colores estelares, haces de luz re­corrían las paredes en juego de malabares. La estrella siguió buscando hasta encontrar una fuente, la cual a su paso se abrió, dejando ver un palacio tan grande como el sol creciente. En la sala principal. en un trono majestuoso, estaba sentado el rey, un minotauro “pequeño, del tamaño de un dedal”. “¿Tú eres el Mi­notauro?, le preguntó nuestra estrella y al momento, sacudien­do su corona, respondió: “El mismo, soy el rey de la duda y la Indecisión, del conflicto y los miedos, el rey del no puedo y no lo lograré jamás”. “¿Tantos reinos tienes y tan pequeñito eres?” “Soy pequeño, sí, pero nadie lo sabe; tengo muchos reinos, sí. porque pocos se atreven a desafiarme”. “Yo quiero nuevamente ser estrella, cruzar el firmamento como lo hacia antes de caer en estos lares”. El Minotauro le dijo: “Ya que descubriste mi secreto, te diré la respuesta: el camino está en ti misma, con tu decisión has abierto la puerta al reino de las estrellas”. Y con confianza renovada emprendió su regreso a casa, no sin antes sonreír por conocer esa verdad por la que antes ella temblaba. Ya afuera de la cueva y con una alegría enorme, contó sus aventuras a las piedras esmeraldas que ansiosas la esperaban, y así, develándo­se el misterio, renovando la confianza, hoy el cielo nuevo arriba de la pradera del Unicornio está colmado de estrellas y cometas gracias a una pequeña estrella de cinco puntas que atrevióse a cruzar la entrada.

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