SOLO EL AMOR ECHA FUERA EL TEMOR…

La autora estadounidense Jean Fleming señala: “Sin duda, cuando tememos
lo que pueda pasar en el futuro, le robamos fuerza y gozo al día de
hoy”. Nosotros conocemos ese tipo de temor. Imaginarias amenazas surcan
nuestras mentes… ¡y, simplemente, muchas de ellas nunca llegan a
materializarse (a Dios gracias)! Por eso escribió un poeta: “Prefiguras
vanas batallas / sin que acaezcan”.

En las noches, absortos en las noticias de los telediarios, pasamos los
últimos minutos del día estremecidos por la situación nacional y
mundial: delincuencia desatada; conflictos bélicos; desajustes
económicos; enfermedades desconocidas; calentamiento global. A ese
cuadro apocalíptico, se suman nuestras preocupaciones domésticas:
cuentas por pagar; menguantes ingresos; malestares del cuerpo; reclamos
de nuestros hijos… vale decir, un nutrido ejército de aprensiones que
toman por asalto nuestra mente para ocupar vastos territorios en ella.

El filósofo romano Horacio recomendaba hace dos mil años: “Gobierna tu
mente o tu mente te gobernará a ti”. En una mente sin gobierno, campea a
sus anchas el temor. El Amor –la divina presencia del Uno- es el único
gobierno que pone orden en nuestra psique, en nuestro corazón. Está
escrito: “Sólo el amor echa fuera al temor”. Por eso, centremos nuestra
atención en ese Dios que es Todo Amor y no en los fantasmagóricos
ejércitos que suelen poblar nuestras pesadillas.

El amor es la única forma de cordura

La extensión del Amor es la única solución cuerda para nuestros
problemas –sean de orden particular o de alcance planetario. Trátese de
sanar un resfriado o de detener una guerra de cien años, el antídoto es
idéntico, el milagro es el mismo: transfigurarnos a imagen y semejanza
del Amor para que el mundo que percibamos esté hecho de esa misma
naturaleza.

Transcurre un tiempo inédito en que más y más de nosotros despertamos a
la realidad del Amor: nos convertimos así en una masa crítica capaz de
elevar conciencias, cambiar paradigmas, transformar radicalmente la
visión de nuestras ciudades, instituciones, sociedades… ¡en fin, nuestro
mundo…!

El origen del temor

La autora norteamericana Ganga Stone asevera que el miedo surge de
nuestra creencia en la “pauta de aniquilación”, es decir, del hecho de
pensar que la Vida termina cuando cesan las funciones del cuerpo. Esta
es –por supuesto- una creencia del ego, que no percibe Vida más allá del
cuerpo.

Mientras en nuestra mente prospere el sistema de pensamiento del miedo,
nuestro cuerpo no pasará de ser la encarnación y morada del ego. Sólo
cuando asumimos el sistema de pensamiento del amor, la mente y el cuerpo
pasan a ser instrumentos del Uno, medios para dar y recibir Vida,
conocimiento, libertad…

En el sistema de pensamiento del miedo, todo evento tiende a convertirse
en una preocupación, en un problema, porque asume que la realidad no
existe más allá del cuerpo –el cual es percibido como frágil, abatible.
En verdad, la realidad del ego puede cesar en cualquier momento: queda
aniquilada con la muerte física… ¡ciertamente, para el ego, mantenerse
vivo es un problema muy complicado!

Al respecto, la autora del clásico libro “Volver al Amor”, Marianne
Wiliamson, señala: “Nuestros problemas mundanos no son, en realidad, más
que síntomas del verdadero problema, que es siempre una falta de amor”.
Osho, el celebrado maestro hindú, añade: “La vida no es un problema. Si
la consideras un problema estás dando un paso equivocado. La vida es un
misterio que tienes que vivir, amar, experimentar (…) No intentes
comprender la vida. ¡Vívela! No intentes comprender el amor. Instálate
en el amor. Entonces sabrás… ¡y ese saber surgirá de tu experiencia! Ese
saber no destruirá el misterio: cuanto más sepas, más sabrás que queda
mucho por saber”.

El sendero del amor es el camino de la confianza y la valentía

El sendero del amor es, entonces, el camino de la confianza, de la
valentía. El ya mencionado Osho llama a esta actitud “la alegría de
vivir peligrosamente”, la cual define en estos términos: “Los que son
valientes se tiran de cabeza. Buscan todas las oportunidades de peligro
(…) Y no hacen surf sólo en los mares exteriores: surfean en sus mares
internos. Y no sólo escalan los Alpes y el Himalaya, sino que buscan
cumbres internas”.

Sobre esas cumbres a las que nos lleva escalar el amor, sentencia
Marianne Williamson: “A veces, la gente piensa que recurrir a Dios
significa dar entrada en nuestra vida a una fuerza que nos lo mostrará
todo color de rosa y la verdad es que significa dar entrada a todo
aquello que nos obligará a crecer (…) Una vez que recurrimos a Dios, nos
topamos con todo aquello que puede enfurecernos. ¿Por qué? Porque el
lugar donde nos entregamos al enojo y el miedo –y no al amor- es nuestra
muralla, nuestro límite”.

Prosigue con estas palabras: “Cualquier situación que nos saque de
quicio es una situación donde aún no tenemos la capacidad de amar
incondicionalmente (…) Nos movemos con comodidad en las pocas áreas
donde nos resulta fácil amar. Es tarea del Espíritu Santo no respetar
esas zonas de comodidad, sino destruirlas. No estaremos en la cumbre de
la montaña mientras no nos resulten cómodas todas las zonas. El amor no
es amor si no es incondicional… y no tendremos la vivencia de quiénes
somos en realidad hasta que no tengamos la vivencia del amor perfecto”.

Llenos de amor y confianza –que son sinónimos a la luz del Creador-
reinterpretamos nuestros miedos como esos límites que debemos trascender
para obtener Iluminación; no juzgamos nuestros temores ni los del
prójimo; no nos culpamos por experimentarlos: al contrario, somos lo
suficientemente valientes como para hacernos conscientes de ellos.

No nos condenamos por expresarlos y comunicarlos; ya no sentimos
vergüenza por pedir ayuda a nuestros semejantes o al Poder Superior a
fin de dejarlos atrás; porque detrás de cada miedo late una urgente
petición de amor, una impostergable necesidad de amar y ser amado…

El temor a Dios: el último obstáculo en el camino del amor perfecto

“Dios es Amor”… ¡y no obstante, durante milenios, se nos ha enseñado
temer a Dios! Temer al Amor es una contradicción que es elocuentemente
pregonada por el ego…

El Dios del ego está hecho a imagen y semejanza del cuerpo: casi siempre
tiene forma de hombre, aunque a veces exhibe esbelta fisonomía
femenina; suele ser viejo; en ciertas sociedades, incluso, está provisto
de un gran falo; su mente está tan atormentada como la del común de
nosotros: envía diluvios, lluvias de azufre y graves cataclismos cuando
lo estima necesario; erige limbos e infiernos donde despliega vastos
métodos de tortura.

Considera sagrada su cólera; no tiene empacho en maldecir y declararse
celoso; en medio de sus muy humanas contradicciones –y de su tendencia a
cargarnos de culpas- tal Deidad dice amarnos; no es raro que lleguemos a
la adultez extremadamente confundidos con nuestra visión de lo que es
el Amor y de lo que es nuestra relación con Dios.

Algunos de nosotros hemos tenido que transitar un largo viaje de perdón
para reestablecer nuestra conexión con el Uno. Perdonar aquí significar
disipar todas las proyecciones de culpa que almacenamos en nuestra mente
con relación al arquetipo de Dios que nos fue enseñado; con relación a
nuestros padres y figuras de autoridad (que nos sirvieron para modelar
nuestra propia visión neurótica de Dios); y, finalmente, con nosotros
mismos, como depositarios de los infinitos pecados, miedos y castigos
que nos fueron endosados por el Dios del ego, a fin de devastar nuestra
autoestima y despojarnos de nuestra herencia más natural: el Amor, la
Vida Eterna…

Meditaciones para reconectarnos con el Amor

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